Artículo de Eva Peruga, periodista y empresaria

En el papel que la sociedad desigual ha impuesto a la mujer se puede encontrar la explicación de por qué la salud y el bienestar de las féminas deja por completo de existir cuando éstas alcanzan los puestos de decisión sea como ejecutivas o empresarias.

No es que la salud de las mujeres sea objeto de una especial atención más allá de la maternidad, y tampoco aquí es para tirar cohetes, pero la perspectiva de cómo las mujeres sienten en su cuerpo y en su mente las consecuencias de desenvolverse en la cima de las estructuras masculinas y masculinizadas no cuenta con una visión integral ni en los estudios ni en las consultas médicas.

De ahí que sea un acierto la iniciativa Women 360º Congress, que tendrá lugar el próximo octubre en Sant Cugat, para hacer visible la importancia de no solo comer bien sino también de pensar bien, según figura en uno de sus destacados.

De este encuentro se esperan aportaciones interesantes y respuestas a ellas que pongan en el punto de mira la visión global de las mujeres ejecutivas y empresarias.

Por descontado que la historia nos muestra la manera en la que las féminas han sido apartadas del protagonismo de los acontecimientos, pero no queda tan evidente la exclusión de estas como objeto de investigación en cualquier sector o nivel. El objeto central sobre el que ha pilotado el desarrollo social, cultural, o médico ha sido, es, el hombre. Para ella, como ya he dicho, queda la maternidad sin tan siquiera profundizar en la vida anterior y posterior a esta que determina la vida de la mujer. Y, en un redoble de exclusión, a la maternidad ha recurrido el discurso de la desigualdad para justificar la imposibilidad de un acceso libre a las oportunidades.

Las ejecutivas y las empresarias acaban siendo castigadas doblemente. La osadía de entrar en el terreno público dedicado a los hombres tiene el precio de aguantar en silencio cualquier contratiempo en su salud, su belleza o su paz espiritual. No querías jugar aquí, parecen decir, pues este es el pan que se da.

Una reflexión bastante común que ahoga el cuestionamiento de los métodos de trabajo y de gestión y que, en muchas ocasiones, afecta a la salud de las mujeres. Y, por supuesto, de los hombres aunque admitirlo a ellos les está prohibido. Por la misma regla de tres, las ejecutivas y las empresarias pagan también su cuota de mantenerse tan bellas como el entorno requiere a todas las mujeres, especialmente a las que desarrollan una actividad pública, pasando por alto las consecuencias reales de un trabajo intenso.

En ese ejercicio de imitar al modelo masculino —resulta más difícil encontrar otro que una aguja en un pajar— se niega la diferencia entre hombres y mujeres a la hora de afrontar las consecuencias del desempeño laboral. Si ellos juegan al tenis para liberar la tensión, ellas deben imitarlos, por ejemplo. Por lo que respecta a la salud, las necesidades de las féminas vuelven a quedar invisibilizadas.Y sus alternativas para cubrir ese flanco, a menudo son ridiculizadas por sus colegas masculinos.

Come bien y piensa bien parecen una contradicción cuando se analizan las formas en las que se desarrolla la actividad económica, largas jornadas, largas comidas, cultura presencialista, gestión desde la agresividad y la rígida jerarquización.

Orillar las necesidades de la salud de las mujeres tiene un precio, que pagarán todos los miembros de la sociedad. ¿Nos lo podemos permitir? 

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Eva Peruga

Periodista y empresaria

Fue la Primera defensora de Igualdad de un medio de comunicación en España

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