Artículo escrito por Francesca Gabetti, Emprendedora, Systemic Consultant Intuigma, Partner de  y co-founder de .

Estamos en un momento clave de la historia. La crisis ha puesto en manifiesto como la mayoría de las herramientas organizacionales clásicas ya no sirven en estos tiempos de nuevos retos. Hay una clara necesidad de volver a una visión mucho más humanista y completa de la empresa y de los profesionales.

El cambio que se está manifestando tiene a que ver con la raíz misma del modelo empresarial y va mucho más allá de unas cuotas femeninas obligatorias.

La cuotas puede ayudar, por supuesto. Sin embargo el objetivos mayor es el reconocimiento del valor y del talento, de la potencialidad y de la diferencia, de la meritocrácia y de la libertad de elección. Para ambos géneros.

Muchas veces hemos escuchado el término “Nuevo paradigma Organizacional”  ¿Cómo se puede aplicar este concepto al debate sobre el género?

La visión sistémica de la empresa considera la organización como un organismo vivo. Ve el ser humano desde un punto de vista integral. Abre el paso a relaciones circulares, hacia desbloquear conflictos y tomar mejores decisiones. Pone el foco sobre la necesidad de “ordenar” la información a través de una perspectiva mucho más amplia y holística, según un nuevo paradigma de la empresa.

Hablar de “igualdad” entre géneros es un desorden clarísimo, cuando con ello se pretende ignorar las diferencias. Es que a veces esta postura conviene mucho, ya que apoya el “status quo” de horarios, hábitos y formas que se mantienen desde la revolución industrial.

Desde una visión sistémica de la organización, el reconocimiento de las diferencias y del valor intrínseco de cada uno por lo que es, hombres y mujeres, es la base de la armonía y de un buen funcionamiento de organizaciones y sociedad. Está clara la correlación entre equipos diversos y mejores resultados en términos de eficiencia y eficacia.

Ocupar un papel que no es el nuestro, así como pretender actuar por lo que no somos, quita fuerza al individuo, a la organización, al entorno. Y esto vale cuando hablamos de género, como cuando nos referimos a cargos, funciones y responsabilidades dentro de una empresa.

Pensamos a un miembro de un equipo que toma decisiones en lugar que su jefe, a una mujer que para llegar a un consejo de administración acepta comportarse como si fuera un hombre. Nada de ello es funcional al bienestar organizacional.

Las mujeres, sabemos a lo que nos referimos. Sabemos cuanto más fácil es, a veces, “ocultar” ser mujer para no tener problemas.  Cuanto más nos cuesta, con respecto a un hombre, ocupar con tranquilidad, sin culpa ni percepción de inferioridad nuestro lugar en una empresa. Desde Harvard a Stanford, todos los estudios lo han comprobado.

Ahora, la pregunta es otra: ¿Por qué nos da miedo actuar por lo que somos? Lo femenino y lo masculino, están en cada ser humano. Y son perfectos en su expresión equilibrada. Son los estereotipos y los juicios que nos frenan a priori y que, a la larga construyen barreras y creencias que se transmiten de generación en generación.

¿Estamos de verdad abriendo las puertas para que se reconozca el valor de la diferencia?

Hasta que no desarrollemos una cultura empresarial que en lugar de uniformar cultive los talentos,  hasta que no empecemos a seleccionar a las personas por sus capacidades globales y no sólo por su CV – que nos dice en realidad poco o nada del real valor del profesional – no conseguiremos ningún cambio real.

El nuevo paradigma está muy cerca. La sociedad pide que todos, hombres y mujeres, nos involucremos en esta transformación. Y que retomemos la fuerza de indignarnos cuando haga falta, de responsabilizarnos actuando de manera distinta y coherente con nosotros mismos y nuestros valores profundos, para que algo pueda cambiar de verdad.

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